martes, 22 de enero de 2013

EL SUEÑO DE UN PAÍS DESESPERADO


En más de una ocasión he referido a Don Luis, conversador nato donde los haya, de cabeza pequeña y bien aprovechada, conocedor de gran parte de todo este escenario en que queda ubicado este teatrillo –porque ya no llega ni a teatro- que es nuestra Idilicolandia.
Y es que pese a todo lo que llevamos visto, escuchado o vivido, todavía una gran mayoría de los figurantes, no son conscientes de donde están actuando y la  relevancia de su papel.
Sobre todo aquellos que llegaron tras la desaparición de Don Paco, han nacido, crecido y vegetado, en un clima de total inmunidad.  Han sido sobreprotegidos tanto en el ámbito familiar como social, hasta el extremo de no conocer más que un mundo paralelo, de apariencia cómoda y mordisco fácil, donde prima es todo  momento la ley de la supremacía de los derechos y ausencia de obligaciones.  Gracias a esta sobreprotección, gran parte de una generación nacida tras las bambalinas de la prosperidad, ha quedado ubicada en la ambigüedad del montón, prefiriendo la sopa boba, esa que han encontrado masticada, incluso digerida, descartando toda posibilidad, incluyendo las que han requerido un mínimo esfuerzo, de cambiar realmente, el papel a interpretar en la opereta que nos ocupa.
Lástima que en este escenario que nos ocupa, tanto éstos como aquellos que han aprovechado y han trabajado por modificar su papel, queden a estas alturas en meros daños colaterales de la disfunción social, esa que de soslayo, a modo de velo censurador, se deja ver bajo la conducta vilipendiada de unos contra otros, pisoteando todo germen de prosperidad duradera, más allá de ladrillazos y otros azos al uso.
Más allá de argumentos económicos creados para la ocasión, no podemos obviar nuestra responsabilidad, ni negar el exagerado borregismo de la puesta en escena.
Seguramente sea esto último lo que nos ha encasillado fuera de nuestro escenario como actores incapaces de construir auténticas obras, anclados en el batiburrillo  que nos caracteriza hacen ya muchos años como un  país de pandereta, con menos credibilidad que un telediario a manos de Carmen de Mairena, donde todo, menos la seriedad y el compromiso, tiene cabida.